La diabetes se produce cuando los niveles de azúcar en sangre se elevan por encima de la normalidad. La diabetes puede ser de tipo I o infantil, en la que el organismo no es capaz de fabricar hormona insulina en cantidades suficientes; o de tipo II o adulta, en la que a pesar de los niveles de fabricación de insulina normales, esta hormona no hace efecto.
La diabetes puede provocar a nivel del ojo diferentes problemas: visión borrosa, mayor riesgo de padecer glaucoma o cataratas, parálisis de los músculos oculares, etc.
No obstante, la afectación más importante a nivel de los ojos es la de la retina, que es la parte del ojo encargada de enfocar las imágenes que se perciben. Este trastorno es lo que se conoce como retinopatía diabética, y puede llegar a ser una causa de ceguera.
La retinopatía diabética puede ser de dos tipos:
La mejor protección contra la retinopatía diabética pasa por un diagnóstico lo más precoz posible.
A partir de los veinte años de evolución de la diabetes, la probabilidad de presentar retinopatía diabética es máxima. Es por ello por lo que todos los diabéticos deben realizar revisiones periódicas con su oftalmólogo que incluyan exámenes de fondo de ojo para evitar el peligro.
Una de las pruebas diagnósticas más importantes es la angiografía fluoresceínica. En esta prueba se inyecta un contraste a través de la vena del paciente. Cuando el contraste llega al ojo a través de la corriente sanguínea, el oftalmólogo toma fotografías, de tal modo que puede detectar cuáles son las zonas en las que los vasos dejan escapar contraste, así como aquellas zonas en las que el contraste no llega de manera adecuada al ser zonas con déficit circulatorio.
Dependiendo del tipo de retinopatía diabética, los tratamientos que se pueden emplear son diferentes:
No obstante, todas estas medidas deben ser acompañadas por un estricto control por parte del diabético de las cifras de azúcar en sangre, puesto que, a fin de cuentas, ésta es la verdadera causa del problema.